Claris descendió por el sendero rocoso del castillo de Blackwood con una calma que rayaba en lo sobrenatural. En su maletín ya no solo cargaba teorías, sino grabaciones de audio con frecuencias inaudibles para el oído humano y notas sobre la dispersión del calor áurico de Silas y su grupo. Mientras sus botas crujían sobre la grava, una sensación punzante comenzó a treparle por la nuca; era una vibración familiar, el peso de una mirada depredadora que se filtraba entre los árboles secos que flan