El despacho de Tamara en el refugio no era el de una abogada común; las paredes de madera maciza y el aroma a incienso de cedro creaban un santuario que Claris Lenor Montir escudriñó con metódica elegancia al entrar. Tamara la esperaba tras su escritorio, con una postura impecable que ocultaba el cansancio de la maternidad reciente y la tensión de ser el escudo de su especie.
—Gracias por recibirme, señora Vespera —comenzó Claris, sentándose sin esperar invitación. Sus ojos recorrieron los títu