El resplandor plateado se desvaneció con un suspiro eléctrico. Tamara, de nuevo en su piel humana, vulnerable pero imponente, corrió hacia su madre. Elena temblaba violentamente, con los ojos anegados en lágrimas mientras su hija desgarraba las ataduras con manos que aún conservaban un rastro de fuerza ancestral.
—Ya pasó, mamá. Estás a salvo —susurró Tamara, envolviéndola en un abrazo que olía a bosque y a victoria.
En ese instante, la maleza crujió. Zack emergió de las sombras, seguido por un