CAPÍTULO 41: EL ECO DE UNA MENTIRA (POV ALEXANDER)
El ruido de la gala se convirtió en un zumbido estático en mis oídos. Verla allí, del brazo de Lorenzo Moretti, había sido como sentir el impacto de una bala de punta hueca: una entrada limpia que se expande y destroza todo por dentro. Isabella estaba viva. Pero mientras la observaba cruzar el salón, me di cuenta de que la mujer que yo había roto en el sótano de Nueva York ya no existía. Esta era una extraña envuelta en seda negra y diamantes,