La Zona Roja de Zúrich no era como los distritos financieros de cristal y acero que definían el horizonte de la ciudad. Aquí, el aire sabía a óxido, a aceite quemado y a los secretos que el río Limmat arrastraba en su cauce helado. La lluvia, fina y persistente como agujas de cristal, golpeaba los techos de zinc de los viejos galpones industriales, creando una polifonía monótona que camuflaba el sonido de la muerte que se aproximaba.
Isabella bajó del Mercedes con la elegancia de un espectro. E