El amanecer en la mansión McLean no trajo la claridad que Isabella esperaba, sino una neblina densa que parecía filtrarse a través de las paredes de cristal de su habitación. Se había pasado la noche en vela, sentada frente a la ventana, observando el perfil de las montañas suizas mientras el peso de la Glock descansaba sobre su regazo. El metal frío era un recordatorio constante de Nick, de Nueva York y de la promesa de sangre que los unía.
Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Tomá