Isabella sentía el peso de Nick, su calor abrasador y la humedad de su piel contra la suya. Sus dedos, aún temblorosos, se perdieron en el cabello húmedo del Lobo, acariciando la nuca que tanto había soñado besar.
—No me mires así —gruñó Nick, levantando la cabeza. Sus ojos azules eran dos zafiros ardiendo en la oscuridad—. Si sigues mirándome como si fuera un milagro, voy a perder la poca cordura que me queda y no te dejaré salir de esta cama en una semana.
Isabella soltó una risita ronca, una