El silencio en la habitación de la casa de campo de Daniel no era pacífico; era una cuerda tensada a punto de romperse bajo el peso de dos años de agonía. El aroma de los pétalos de rosa se mezclaba con el olor primario de Nick: cuero y esa fragancia cara que Isabella había buscado en cada rincón de Zúrich sin éxito.
Nick la acorraló contra la puerta. La miró fijamente como si tratara de memorizar cada detalle; sus ojos azules, ahora oscurecidos por un hambre que rozaba lo violento, recorrieron