El amanecer en Sicilia no trajo calidez, a pesar del sol que comenzaba a lamer las piedras calizas de la mansión Lombardi. Para Isabella, cada rayo de luz era un recordatorio de que el tiempo se agotaba. El aire olía a café cargado y a la salinidad del Mediterráneo, un aroma que intentaba memorizar antes de regresar al epicentro de su tormenta personal.
En la pista de aterrizaje, el jet privado esperaba con los motores en un ronroneo bajo. Salvatore Lombardi estaba de pie frente a Isabella, con