El jet privado de INTERPOL aterrizó en la pista privada de Nueva York con un chirrido sordo de neumáticos contra el asfalto aún húmedo. Antes de que la escalerilla tocara el suelo, la puerta ya se abría. Scott Walton descendió primero, su rostro feroz e implacable. No llevaba abrigo, a pesar del viento cortante. Detrás, Darius Coleman bajaba con un portafolio, su mirada escaneando el perímetro con frialdad operativa.
La rabia no estallaba en Scott. Se condensaba. Era un frío glacial que emanaba