La violencia en el galpón era metódica, un horrible ritual de venganza. Myers no buscaba información; buscaba quebrar. Cada golpe, cada pregunta retórica sobre Scott, cada mención despectiva de Isabella, era un ladrillo más en el muro de dolor que construía alrededor de Nick. El tubo de metal resonaba contra costillas, el sabor a cobre llenaba su boca, pero lo que más quemaba era el odio puro en los ojos de Myers, un odio alimentado por años de resentimiento.
Nick se aferraba al silencio. A veces, un gruñido escapaba. Otras, una sonrisa torcida y sangrienta que enfurecía aún más a Myers. Se aferraba a una imagen mental: los ojos de Isabella, el sonido de su risa en el jardín bajo el sol. Eso era su armadura, más fuerte que el acero de las esposas.
— ¿Nada que decir, príncipe? —escupió Myers, jadeando, después de una serie de golpes bajos—. ¿Tu papi no te enseñó a suplicar?
Nick alzó la cabeza, un ojo casi cerrado por la hinchazón.
—Me enseñó… a que gente como tú… siempre pierde —logró