El coche se alejaba de Villa Orquídea mientras el sol descendía hacia el mar. El cielo estaba teñido de tonos naranjas y púrpuras, y el viento fresco entraba por la ventanilla entreabierta. Aelin mantenía el alfiler de plata en la mano, ese pequeño objeto con la estrella de ocho puntas que ahora parecía arderle en la piel. No era un simple adorno: era la llave de su identidad, la confirmación de que había sido hija de los duques de Asturias, no de una familia cualquiera que se avergonzó de ella