El sótano de Villa Orquídea olía a papel antiguo y a humedad. Las linternas recortaban rectángulos de luz sobre baúles y estantes. Aelin tenía las manos manchadas de polvo y tinta, pero no le importaba: cada caja abierta era una puerta, cada carpeta, un puente tendido hacia unos padres que, por fin, dejaban de ser sombras.
—Tomemos aire —susurró Darian, apoyando una mano en su hombro.
Aelin negó con la cabeza. Había visto un sello distinto, no el lirio de los Delacroix, sino un escudo con cor