Miranda permaneció unos segundos sola en la cocina, respirando el aire espeso que Sara había dejado atrás.
El reloj marcaba las diez y media, y el eco de la conversación aún resonaba entre las paredes como una advertencia silenciosa.
Cada palabra, cada mirada, había dejado una huella difícil de borrar.
Finalmente, tomó aire, se enjugó las manos temblorosas con un paño y decidió subir a su habitación.
El pasillo estaba tenuemente iluminado. Las luces indirectas proyectaban sombras largas sobre e