La habitación estaba casi en penumbra cuando Adrián abrió los ojos por segunda vez aquella mañana. La luz tenue del amanecer se colaba por la persiana, dejando sombras alargadas sobre el suelo blanco del hospital. Respiró hondo, consciente del dolor sordo en su cabeza, como si cada pensamiento chocara contra un muro invisible.
Trató de recordar.
De verdad lo intentó.
Pero lo único que hallaba era un vacío impenetrable.
Imágenes difusas, voces sin rostro, emociones que no podía ubicar en el tiem