Las horas en el hospital siempre parecían moverse distinto: lentas, densas, como si el tiempo mismo se negara a avanzar en un lugar donde la vida pendía de hilos tan frágiles. Para Miranda, sin embargo, esa madrugada había sido interminable. La silla donde estaba sentada mordía su espalda baja, su cuello dolía por la tensión acumulada y sus ojos ardían al borde del agotamiento absoluto.
Pero no se movía.
No podía.
Adrián descansaba en la cama, inmóvil bajo el suero y las vendas, su rostro pálid