El sonido del monitor cardíaco se mezclaba con el zumbido tenue de las luces del hospital, formando una melodía monótona que desgarraba los nervios de Miranda.
Aún tenía las manos frías, los labios secos, el corazón hecho un nudo imposible de desatar.
Adrián seguía allí, dormido e inmóvil sobre la cama blanca, con vendas y tubos que parecían robarle la vida poco a poco.
Y su pregunta seguía repitiéndose en bucle dentro de su cabeza.
—¿Usted… quién es?
Ese eco cruel no la dejaba respirar. Adrián