Mundo de ficçãoIniciar sessãoBajo la apariencia de una esposa discreta y entregada, Camille Delacroix había borrado voluntariamente su ilustre pasado durante su unión con Lucas Moreau. Creía que su paciencia y su amor sincero terminarían por quebrar el caparazón de aquel hombre inaccesible. Pero al cabo de cuatro años, el día de la firma de su contrato de matrimonio concertado, él solo le ofrece una petición de divorcio glacial, sin siquiera mirarla. Herida pero decidida, Camille acepta la separación. Entonces retoma su verdadero nombre: el de la única heredera de un imperio tecnológico y financiero. Detrás de su aura de mujer independiente se esconde también una cirujana de renombre, una perfiladora criminal autodidacta y una tiradora de élite condecorada. Durante una gala benéfica, eleva las pujas sin inmutarse para arruinar la reputación de la mujer por la que Lucas la dejó. En el mundo de las inversiones, le arrebata todos sus proyectos estratégicos. Atónito, Lucas le suelta: —Camille, ¿por qué tanto odio? Ella responde, sonrisa en los labios: —Esto es solo un anticipo de lo que tu indiferencia me infligió durante cuatro años.
Ler maisCapítulo 1 – El día en que todo se detuvo
La lluvia golpeaba contra los ventanales del ático como puñaladas repetidas. Camille Delacroix miraba las gotas deslizarse por el ventanal, sin realmente verlas. Detrás de su reflejo, el apartamento parecía un museo: frío, impecable, inhabitado. Cuatro años de matrimonio, y ni una arruga en el sofá de cuero blanco. Ni un rastro de vida.
Aún llevaba su bata, aquella que él le había regalado en su primera noche – una tela de seda color champán, que ni siquiera había escogido él mismo. Su secretaria, seguramente. La tela resbalaba sobre sus hombros como una caricia fría.
En su mano, una carta. Sello de lacre azul. Letras antiguas. Siempre esa obsesión por las apariencias.
Todavía no la había abierto.
No hacía falta.
Sabía lo que contenía. La había visto venir desde hacía meses. Desde el día en que él había empezado a llegar después de medianoche, sin una palabra. Desde el día en que había dejado de mirarla. De verdad mirarla.
Lucas Moreau. Su marido. El hombre por el que había borrado su nombre, su herencia, su orgullo. El hombre por el que había aprendido a hacerse pequeña, discreta, útil. Durante cuatro años, había interpretado a la mujer perfecta: cenas organizadas, sonrisas de circunstancia, silencio educado en las veladas mundanas. La mujer fantasma.
Pero nunca más.
La puerta del dormitorio se abrió sin un chirrido. Él entró como siempre entraba: sin ruido, sin calidez, sin excusa. Un traje negro a medida, el cabello castaño perfectamente peinado, la mirada de hielo. Lucas Moreau, treinta y seis años, magnate de las finanzas, corazón de titanio.
Depositó un pequeño maletín de cuero sobre la mesa baja de mármol. El chasquido del broche resonó como un disparo.
—No has abierto la carta.
Su voz no era una pregunta. Solo una constatación. Plana. Esterilizada. Como si hablara con una empleada.
Camille no se movió. Sus dedos apretaron el papel.
—No la necesito.
Él levantó una ceja. Ese gesto que él creía elegante. Un tic que a ella le había parecido encantador al principio. Hoy, le daban ganas de vomitar.
—Entonces, estamos de acuerdo. —Abrió el maletín. Dentro: un fajo de documentos, una pluma estilográfica, y un pequeño frasco de perfume. No el de ella. Una fragancia dulzona, artificial. Ofelia. Ese olor le revolvió las tripas.
Camille inspiró hondo. No te derrumbes. No le des esa satisfacción.
—Te ofrezco dos millones —dijo él, con los ojos clavados en los papeles—. La residencia secundaria de Biarritz sigue a tu nombre. Y te quedas con el coche. Es más que generoso, teniendo en cuenta el contrato matrimonial.
Generoso. La palabra le golpeó en pleno rostro como una bofetada helada. Generoso. Como si le diera limosna. Como si cuatro años de sacrificio, de amor silencioso, de noches esperándole, de comidas quemadas que él nunca venía a compartir – como si todo eso valiera dos millones y un coche.
Dejó la carta sobre la mesa – suavemente, muy suavemente – y luego alzó la cabeza. Por primera vez, clavó su mirada en la de él. De verdad. Como no lo hacía desde hacía mucho tiempo.
—Lucas. —Una sola palabra. Su nombre de pila. No «cariño», no «mi amor». Solo Lucas. Como una despedida.
Él pareció sorprendido. ¿La ratoncita tiene colmillos?
—Estaba dispuesta a todo por ti —dijo ella, con la voz tranquila. Terriblemente tranquila. El tipo de calma que precede a los huracanes—. Habría atravesado el fuego. Habría renunciado a mi nombre, a mi familia, a mi profesión. Y lo hice. ¿Sabes lo que dejé atrás para convertirme en la señora de Lucas Moreau?
Él no respondió. Sus dedos golpeteaban el cuero del maletín. Impaciente.
—Nunca quisiste saberlo. —Esbozó una sonrisa – una sonrisa triste, casi maternal—. Tomaste lo que te daba, sin preguntarte nunca de dónde venía.
—Camille, no tengo tiempo para melodramas. Firma.
Ella soltó una carcajada. Una risa seca, quebrada, que resonó en el apartamento demasiado grande. Melodramas. Él llamaba a eso melodramas. La traición, la ausencia, la humillación – todo reducido a una escena de teatro.
—De acuerdo. —Cogió la pluma. El plumín resbaló sobre el papel, trazando su nombre en letras perfectas. Camille Éléonore Delacroix. Su verdadero nombre. Que él nunca había conocido.
Lucas entrecerró los ojos al leer la firma. —¿Delacroix?
Ella cerró la pluma. La devolvió a su estuche. Luego se levantó. La bata cayó de sus hombros – ya llevaba un vestido negro, sencillo, elegante, como un uniforme de luto.
—Nunca supiste nada de mí, Lucas. Y eso es lo peor.
Se dirigió hacia la puerta. Él dio un paso hacia ella. ¿Un gesto? ¿Un arrepentimiento? No. Solo la costumbre de controlarlo todo.
—¿Adónde vas?
Ella se giró. La lluvia, afuera, redoblaba en intensidad. Un relámpago rasgó el cielo, iluminando su rostro. En esa luz blanca, él la vio por primera vez: no una esposa dócil, no una mujer florero. Una guerrera en el exilio.
—A mi casa.
—Pero… no tienes adónde ir.
Ella soltó una risa sarcástica. Una risa amarga, definitiva.
—¿De verdad creías que era una huérfana sin un duro? ¿Que mendigué el amor de un hombre porque no tenía nada más?
Abrió la puerta. En el marco, le dirigió una última mirada. Sus ojos brillaban – pero no de lágrimas. De una rabia fría, de una promesa.
—Vas a aprender quién soy, Lucas Moreau. Y lo vas a lamentar hasta tu último aliento.
La puerta se cerró de golpe. El silencio volvió a caer. Lucas se quedó paralizado, el maletín abierto, el perfume de Ofelia impregnando el aire. Por primera vez en su vida, tuvo la sensación de acabar de perder algo irremplazable.
Pero era demasiado orgulloso para reconocerlo.
Demasiado tarde.
En el ascensor, Camille se recostó contra la pared acristalada. Las lágrimas que había contenido fluyeron al fin – ardientes, silenciosas. Las secó con un gesto brusco.
—Nunca más —murmuró.
Abajo, un sedán negro la esperaba. Dentro, su hermano mayor, los puños apretados sobre el volante.
—Es hora —dijo simplemente.
Ella asintió.
—Sí. Es hora de volver a ser Camille Delacroix.
Capítulo 5 – La desconocida de la subastaTres semanas después – Sala de ventas Drouot, ParísLa luz de los focos acariciaba las maderas centenarias. Aquella noche, la sala de subatas estaba abarrotada. El todo París de los negocios y la cultura se había dado cita para la subasta benéfica de los «Tesoros olvidados» – una colección de joyas antiguas, cuadros impresionistas y manuscritos raros.Lucas Moreau estaba allí, a la fuerza. Su director de comunicación le había machacado que su presencia era «indispensable para la rehabilitación de su imagen». Desde hacía tres semanas, los rumores sobre sus problemas financieros empezaban a filtrarse en la prensa. Debía mostrar un rostro sereno, relajado, próspero.Relajado. Apretaba las mandíbulas hasta casi romperse los dientes.Ofelia estaba de su brazo, vestida con un vestido morado demasiado llamativo, la sonrisa clavada como una máscara. Aún no le había anunciado que había descubierto sus deudas – esperaba el momento oportuno. Aquella noch
Capítulo 4 – Las primeras grietasLucas – 15:30, sede del grupo MoreauHabía vuelto a su despacho, pero no lograba concentrarse. Los números bailaban en la pantalla, las curvas de ventas se mezclaban en una niebla gris. Su puño derecho aún le dolía – había golpeado el volante con demasiada fuerza, hacía un rato.El timbre del teléfono lo hizo sobresaltarse.—¿Señor Moreau? Una tal Ofelia Vernet insiste en verle.Inspiró hondo. Ofelia. Desde hacía seis meses, era su amante oficiosa. La había conocido en una gala benéfica, seducido por su risa fácil y su desprecio manifiesto por las convenciones. Era la antítesis de Camille: ruidosa, exigente, imprevisible.La antítesis de aquella a quien había traicionado.—Hágala pasar.Ofelia irrumpió en el despacho como un tornado. Vestido rojo ceñido, tacones de aguja, bolso estridente. Olía a perfume a diez metros – el mismo frasco que había dejado tirado en el maletín la víspera. ¿Para qué? Para humillar a Camille, seguramente. Para demostrarle q
Capítulo 3 – La mañana siguienteLucas – 7:15, áticoEl silencio era ensordecedor.Lucas Moreau se despertó sobresaltado, la mano tendida hacia el lado izquierdo de la cama – vacío. Las sábanas estaban frías. Ni una huella, ni un hueco. Como si nadie hubiera dormido nunca allí.Como si Camille nunca hubiera existido.Se frotó los ojos, se levantó de un gesto brusco. La víspera, después de que ella se hubiera ido, se había quedado paralizado largos minutos frente al maletín abierto. Luego había bebido. Demasiado. Una botella de whisky escocés, ya vacía, yacía sobre la mesa baja.Su teléfono vibró. Un mensaje de Ofelia: «¿Y bien? ¿Firmó? Ven esta noche, te preparo una cena…»No respondió.Se levantó, atravesó el ático con pasos pesados. Todo estaba demasiado limpio, demasiado ordenado. La cocina – nunca había puesto un pie allí. Era ella quien cocinaba. Ella quien ponía las flores frescas sobre la mesa. Ella quien… No. No pensar en eso.En el cuarto de baño, abrió el botiquín. Medio vac
Capítulo 2 – El acuerdoTres años atrás – una sofocante noche de verano en las oficinas del grupo Moreau. Camille recuerda cada detalle: el olor a cuero nuevo, el resplandor cegador de las lámparas de cristal, el silencio pesado de los hombres de traje oscuro. Su padre, Henri Delacroix, acababa de morir. Y ella, a los veintidós años, heredaba un imperio que no quería.Debería haberse puesto al frente de los asuntos familiares. Pero su hermano mayor, Alexandre, ya estaba al mando. Y luego, estaba Lucas Moreau.«Un matrimonio concertado.»La propuesta había caído como un hachazo, dos semanas después del entierro. Los Moreau querían fusionarse con los Delacroix. La condición: que Camille se casara con Lucas. Una alianza de sangre y capitales.Ella lo había rechazado, al principio. Rotundamente. Pero Lucas la había invitado a cenar. Una cena que no olvidaría jamás.---Presente. El sedán negro se desliza por los muelles del Sena. Camille mira desfilar las farolas, los reflejos de la lluvi





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