Y entonces se escuchó ese grito desde la habitación de Isabella.
Perfecto. Como si nos faltara algo más.
—¡Papá!
Corrimos hasta su habitación. Ahí estaba, sentada en la cama como una muñeca rota, temblando con las sábanas arrugadas entre las manos. El rostro empapado en sudor, los ojos desorbitados.
—¿Qué pasó, Isabella? —me acerqué.
Me miró con esas lágrimas que luchaban por no salir.
—Soñé con ella… con mamá… —la voz le temblaba—. La vi en mi cuarto, hablándome, tocándome el pelo. Y yo… yo so