Esa mocosa y sus delirios. Creía que había aprendido la lección después de todo el desastre, pero no: de nuevo jugaba a la romántica empedernida, como si no hubiera recibido ya suficientes cachetadas. Quería matarla. O abrazarla hasta que se le salieran los ojos de tanto llorar. Las dos cosas a la vez, probablemente.
Los esperé en la terraza con los brazos cruzados y el sermón ya armado en la cabeza, palabra por palabra. Pero en cuanto apareció junto a Alessandro con la cabeza gacha, los hombro