Isabella.
Ella volvió como si nada. Bueno, casi, porque tenía las manos con rasguños, marcas rojas que le cruzaban los nudillos y las palmas. De todas maneras, no pregunté, ni siquiera abrí la boca.
Todavía me carcomía mi ingenuidad, aunque Bianca no estuviera más, seguía molestándome. Todavía tenía pesadillas con mi madre, con papá, a veces hasta con Enzito. Y yo quería seguir, de verdad quería.
La sobrina de Victoria era quien más me distraía, la única que lograba arrancarme de mis pensamiento