Pesadillas heredadas

Que Isabella volviera a dormirse no fue fácil.

No quería cerrar los ojos, cada vez que los párpados se le cansaban los abría de golpe. A lo mejor tenía miedo de que la madre se le apareciera de nuevo. Se retorcía, lloraba de a ratos, respiraba entrecortado. Una hora, una hora tardó en conciliar el sueño otra vez.

Le acomodé el cabello y me levanté despacio. Victoria estaba en la puerta, con los brazos cruzados clavándome los ojos.

—Tienes que protegerla como sea —me dijo.

La miré fijo.

—Lo voy
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