Estaba abajo, en la bodega. Olía a óxido, humedad y miedo. Ese olor lo conocía de memoria. Era el mismo que respiraba un hombre que estaba a punto de cantar o de morir.
El guardia estaba atado a la silla en medio del cuarto. Tenía las manos amarradas atrás, la frente sudada, la camisa empapada. Me miraba fijo, con los ojos vidriosos.
—Dime, ¿quién te pagó para abrir las puertas?
El hombre bajó la vista, murmurando algo que no entendí.
Le metí un golpe seco con la culata de la pistola en la boca