No le contesté. Tenía que mantenerla calmada hasta que llegara Massimo.
—Isabella, ven acá —le dijo Francisca extendiendo la mano libre—. Quiero verte bien. Estás igualita a mí cuando tenía tu edad.
—No me parezco a ti.
—Tienes mis ojos. Mi boca. Hasta la forma de parar las manos cuando estás nerviosa.
Isabella se tocó las manos inconscientemente. Francisca se dio cuenta y se rió.
—¿Ves? Eres mía, hija. La sangre no se puede negar.
—No soy tu hija, no soy la hija de una traidora. ¡Tú estabas po