La pistola de nácar

La mujer se apareció en cuanto Massimo se fue, estaba esperando en algún lado. Demasiado sincronizado todo. Por lo que Alessandro me contó estaba prohibida en la casa, hasta decir su nombre, pero ella pasó igual.

—Soy la madre de Isabella. Quiero ver a mi hija —me dijo mirándome de arriba abajo. Ni siquiera tuve tiempo de sacarme el vestido.

—No hay nadie. Lárgate.

Después todo se fue al carajo. Francisca empezó a los gritos, a demandar, a exigir. Isabella apareció de la cocina y se armó un del
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