No pude, quería, pero no pude. Casi me dejo arrastrar por ella, casi lo logra. No me hubiera costado nada arrancarle ese pijama, las bragas, hundirme en su interior, tenerla.
Me costó la vida dejarla ir. Sencillamente, Victoria, era un lujo que no podía darme. Porque sabía lo que vendría después: la querría para mí, para siempre, nunca la soltaría. Y no podía hacerle eso. Lo mejor sería que terminara y se largara.
El problema estaba en que el que ponía fecha de finalización a nuestro trato, era