El vaso se le soltó de la mano y cayó sobre la alfombra. Ahora me sostenía con los dos brazos. Me devolvía el beso con la misma fuerza. El sabor de su boca, de whisky mezclado con Massimo, me terminó de desequilibrar.
Entonces no estaba chiflada, no me imaginaba cosas. Sentí que me tocaba por todos lados: la espalda, la cintura, las piernas, mi cuello.
—No te traje para esto —me dijo soltándome la boca y yendo a mi clavícula.
No me importaba, a esa altura no me importaba para qué me había lleva