La mañana siguiente me quedé sentado en el borde de la cama, sin moverme, con la mirada fija en la mano. Tibia, incluso bajo la tela. Me permití ese momento porque todavía tenía en la cabeza la imagen de anoche: el vestido, cómo le quedaba, y cómo, entre el plato principal y la aparición de Bianca, no pude dejar de pensar en lo que había debajo.
Y después, charlando con Alessandro como si fueran amigos de toda la vida. Cualquiera lo creería. Cualquiera menos yo. ¿Qué carajo pasaba ahí?
No aguan