El muelle era un escenario salido de una pesadilla, puro óxido. Contenedores amontonados, puertas rotas, charcos de agua sucia. La imagen de Isabella no se me iba de la cabeza, funcionaba como combustible. Me movía, me sostenía y me estaba volviendo loca.
Massimo y Alessandro estaban afuera con sus hombres armados. Fabiola andaba entre las sombras, cuidándome. Pero yo tenía que entrar sola. Eso era lo que querían. Lo habían dejado claro: vienes sola o Isabella se muere.
El lugar estaba oscuro,