Nunca Te Amé, Emperador
Alejandro Valdés había ascendido al trono. Nombró emperatriz a Valeria Montes, mientras que Lucía Montes, la esposa principal que había permanecido a su lado durante la sangrienta lucha por la corona, solo recibió el título de primera consorte.
El día en que llegó el decreto, un silencio sepulcral invadió el Palacio de Jade. Los sirvientes mantenían la cabeza baja y apenas se atrevían a respirar. Temían que Lucía rompiera a llorar, arrojara objetos al suelo o perdiera el control, como tantas mujeres que habían caído en desgracia ante el emperador.
Pero ella recibió el decreto con absoluta serenidad.
—Agradezco su generosidad, Majestad.
Su voz no vaciló. Su rostro permaneció inexpresivo, y en sus hermosos ojos almendrados no asomó siquiera una sombra de tristeza. Regresó a sus aposentos y siguió leyendo, como si aquella orden no tuviera nada que ver con ella.
Siete días después, Alejandro hizo una de sus poco frecuentes visitas al Palacio de Jade.