Renací para Dejar de Amarte
Yo, Adela Serrano, fui la esposa de Adrián Valverde. Nos casamos cuando ambos éramos muy jóvenes. El día de su muerte, el reino entero guardó luto y su majestad le concedió póstumamente el título de marqués de la Frontera. Yo creía que, para él, aquella había sido una vida plena.
Hasta que ordené sus pertenencias.
Sin querer, hice caer al suelo una pila de manuscritos con las esquinas desgastadas. Al hacerlo, una vieja caja de madera que estaba detrás también se volcó y dejó varias cartas esparcidas a mis pies.
Me agaché a recogerlas. En aquellas hojas amarillentas, cada palabra estaba dedicada a la misma persona; todas comenzaban con el mismo deseo: que ella se encontrara bien cuando las recibiera.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Me quedé inmóvil, helada por lo que acababa de descubrir.
Cuando yo tenía diecisiete años, Adrián viajó por orden del rey a las provincias del sur para contener unas inundaciones. A su regreso trajo consigo a Lucía Ferrer y me aseguró que solo quería recompensarla por haberle salvado la vida.
Consumida por los celos, armé una escena desesperada y amenacé con quitarme la vida hasta obligarlo a enviarla lejos.
Después, Adrián me abrazó con los ojos enrojecidos y la voz temblorosa.
—Adela, no vuelvas a asustarme así. Solo te quiero a ti. Durante el resto de mi vida, no querré a nadie más. ¿Está bien?
Desde entonces, nunca hubo otra mujer a su lado. Sin embargo, mientras contemplaba las apasionadas promesas de amor que cubrían aquellas cartas, sentí que los ojos me ardían.
Cuando volví a abrirlos, había regresado al día en que Adrián llevó a Lucía a nuestra casa.