Ella no vende rosas
En Santa Aurelia, todos sabían que Valentina Santillán y Damián Alcázar eran como el agua y el aceite. Aunque solo era su prometida en apariencia, Valentina le había impuesto tres prohibiciones: nada de conducir a toda velocidad, nada de pasar la noche fuera de casa y, sobre todo, nada de acercarse a Abril Navarro, la mujer que seguía ocupando un lugar especial en su corazón.
Pero él hacía exactamente lo contrario. Se pasaba el día conduciendo a toda velocidad por la Carretera de la Sierra, se emborrachaba en los clubes hasta perder el conocimiento o, peor aún, el día del cumpleaños de Valentina, besaba deliberadamente a Abril mientras los fuegos artificiales iluminaban el cielo, humillando a Valentina sin piedad.
Todo el mundo esperaba con curiosidad lo que iba a pasar. Estaban convencidos de que, cuando Valentina, una de las jóvenes más destacadas de la alta sociedad de Santa Aurelia, viera las fotos del beso que circulaban por las redes sociales, iría furiosa a buscar a Damián y se lo llevaría a casa por la fuerza.
Una hora después de que las fotos se hicieran virales, Valentina apareció, tal como todos esperaban.
Sin embargo, no armó una escena ni intentó llevárselo a casa. Simplemente se acercó a Damián con calma y extendió la mano hacia él. Su voz era tan tenue que apenas se oía.
—Damián, hace siete años te regalé un amuleto de protección. ¿Puedes devolvérmelo ahora?
En el reservado cayó un silencio absoluto.
Damián también se quedó desconcertado. Instintivamente, se llevó la mano al amuleto que colgaba de su cuello.
Siete años atrás, había sufrido un accidente mientras conducía a toda velocidad. Había pasado día y noche luchando por su vida en la unidad de cuidados intensivos. Cuando finalmente despertó, la primera persona que había visto era Valentina.