CAPÍTULO 78.
El aire olía a ceniza y tierra mojada. Lina, con las mangas arremangadas y las manos manchadas de barro y sangre seca, pasaba de herido en herido sin detenerse. Vendaba cortes, limpiaba heridas, ofrecía palabras de aliento aunque su corazón estuviera tan roto como el de todos. El claro del susurro ya no era el mismo. Las raíces expuestas, los árboles caídos, los gemidos ahogados… todo hablaba de la tragedia reciente.
Kael apareció entre la neblina del amanecer. Caminaba con los hombros caídos,