A la mañana siguiente, Becca se levantó más temprano de lo usual, y fue a la habitación de Harika.
Se inclinó con ternura sobre ella.
—Buenos días, mi princesa… ¿cómo amaneciste? —susurró acariciando su cabello.
Harika frotó sus ojitos adormilados y murmuró con voz quebrada:
—Estoy un poco triste… porque otra vez te vas. Pero sé que todo lo haces por mí.
El pecho de Becca se apretó, pero sonrió con fuerza.
—Así es, mi cielo —besó su frente con delicadeza—. Nunca olvides que eres lo más importan