La cabaña estaba envuelta en una penumbra cruel. El olor a sangre y humedad impregnaba el aire.
Becca estaba atada a una silla, sus muñecas ya laceradas por las cuerdas. La piel de su rostro mostraba moretones recientes y un hilo de sangre se deslizaba por la comisura de sus labios. Aldo la observaba con deleite, como un verdugo que goza de cada segundo antes del golpe final.
—Mírate… —susurró él, inclinándose hasta rozar su oído con sus palabras venenosas—. Tan frágil, tan rota… y, aun así, la