El dedo de Camelia temblaba, presionando apenas el metal frío del gatillo. Su respiración era entrecortada, rota por sollozos que no lograban salir del todo. Por un instante, pareció decidida… pero la fuerza se le escapó como arena entre los dedos.
El arma cayó al suelo con un estruendo metálico que resonó en el pasillo. Ella se llevó las manos al rostro, hundiendo las uñas en su piel como si quisiera arrancarse el dolor de raíz.
—¿Por qué no puedo? —murmuró con la voz quebrada—. ¿Por qué ya no