Al llegar al hospital Asher no soltó a Becca ni un segundo, ni siquiera cuando los médicos lo rodearon para arrebatársela con suavidad. La vio desaparecer tras las puertas corredizas, mientras su pecho se apretaba.
Horas después, sentado en el pasillo, con los nudillos manchados de sangre seca, escuchó al fin la voz de una enfermera:
—Ya puede verla.
Asher entró con pasos lentos. Becca yacía en la cama, el rostro pálido, conectada a una vía de suero. Sus pestañas temblaron y, de pronto, abrió l