Camelia no respondió de inmediato. La bofetada aún le ardía, no solo en la piel, sino en el orgullo. Estaba acostumbrada a tener el control, a dictar las reglas. Nadie le alzaba la voz, mucho menos una mujer como Becca.
—Esto no va a quedar así —escupió, con los ojos incendiados—. Te juro que me vas a rogar de rodillas.
—Adelante, no me dejaré intimidar por alguien como usted —replicó Becca.
—¡Insolente! —Camelia alzó la mano izquierda, dispuesta a devolver el golpe. Pero Asher se interpuso, de