—Ya me parecía extraño que los protocolos de seguridad no fuesen tan estrictos —dijo Adam, sentado en una de los sillones de la pequeña sala dentro del despacho del empresario Maximiliano Bastidas, en su apartamento.
—Cuando Embert se va, el lugar respira un poco. —Maximiliano sonrió, trayendo un trago a su visita—. ¿Qué ocurrió?
Adam, con sus codos sobre sus piernas, inclinado hacia delante, removía el vaso corto de cristal con el líquido ambarino que esperaba ser bebido.
El silencio del abo