Jaya esquivó a su esposo con la intención de salir de la recámara, pero él no lo permitió.
La tomó del brazo con fuerza y la llevó hacia la puerta, estampándola y atrapándola con brusquedad.
Adam se sobresaltó al sentir el brusco movimiento de la puerta allí afuera, y se quedó aún más quieto, como una estatua, cuidándose de que algunos de los guardias no lo pillara allí en el pasillo de habitaciones, husmeando.
—¡Suéltame! —exigió Jaya.
—Estás loquita porque el abogado se dé cuenta de lo que te