Adam miró a Liliana, no sonrió.
—¿De qué hablas? —Comenzaba a fastidiarle la forma de expresarse de Liliana, las cosas que decía, su presencia, el que él estuviese allí, que el mundo existiera. Adam estaba tenso, incómodo, molesto, fastidiado, quería salir de esa casa, pero debía seguir actuando, debía seguir escuchando y soportando.
—Entré a la cocina y no pude estar ni dos segundos —dijo ella. Siguió riendo, ahora sus mejillas sonrojadas—. Se estaban dando un beso… —Se abanicó con su mano—.