Bebió un trago, absorbió por su nariz y siguió bebiendo, alzando el vaso pidiendo un poco más.
Alguien lo reconoció. La reunión en la que estaba esa persona terminó, y esperó que los demás se fueran para enfocar mejor y estar seguro que aquél hombre vestido de traje, aunque sin la chaqueta, la corbata floja y las mangas arremolinadas, era a quien conocía.
Acertó. Adam Coney estaba allí.
El hombre, vestido también de traje y corbata, se acercó a la mesa del abogado.
—Que sean dos —dijo el re