Entrar a Libertaria cada vez se sentía más como caminar sobre un campo minado. Mi paranoia me llevaba a ver misteriosos ojos ocultos en las sombras, vigilándome.
Miré a Margaret, quien me sonrió con amabilidad y entré a la oficina de Octavio. Toqué la puerta y asomé la cabeza.
—¿Puedo pasar?
—Camila, adelante.
Octavio sonrió y yo también lo hice mientras caminaba a su escritorio. En su expresión no había el mínimo rastro de hostilidad, era aquel viejo amigo de la universidad, el que tantas vec