Entrar a Libertaria cada vez se sentía más como caminar sobre un campo minado. Mi paranoia me llevaba a ver misteriosos ojos ocultos en las sombras, vigilándome.
Miré a Margaret, quien me sonrió con amabilidad y entré a la oficina de Octavio. Toqué la puerta y asomé la cabeza.
—¿Puedo pasar?
—Camila, adelante.
Octavio sonrió y yo también lo hice mientras caminaba a su escritorio. En su expresión no había el mínimo rastro de hostilidad, era aquel viejo amigo de la universidad, el que tantas veces me brindó su apoyo.
Pero yo sabía que solo era una máscara.
—¿Leíste el reportaje? —pregunté mientras me sentaba frente a él.
Octavio amplió la sonrisa, complacido.
—Por supuesto que lo leí. Quiero felicitarte, Camila. A esto era a lo que me refería antes cuando dije que eras muy buena, sabía que tenías madera. El enfoque y el tono son perfectos.
«Un enfoque complaciente y un tono lisonjero» pensé sin perder la sonrisa y la postura relajada frente a él.
—Me alegra que te haya gustado.
Octav