A veces me preguntaba cómo seguía caminando. No es que creyera que mi dolor fuera más grande que el del resto de las personas, pero era agobiante.
En el lapso de pocos meses había terminado mi matrimonio de cinco años, nada menos que porque el hombre de quien me casé enamorada me golpeaba y en uno de sus ataques de furia me asfixió hasta que casi perdí el conocimiento. Ese mismo hombre me quitó a mi hija.
Luego conocí a Julián.
Estacioné frente a la tienda de electrónica y me limpié las lágrimas con el dorso de la mano.
No debí involucrarme con él, pero uno no manda en los sentimientos. Me ilusioné y esperé con todas mis fuerzas que funcionara. Resultado: también fracasé.
Ahora no tenía esposo, ni novio, y estaba lejos de mi hija porque una conspiración política y probablemente mediática la había amenazado.
Y allí estaba yo: terca, sin rendirme, sin querer renunciar, cuando lo sensato sería apartarme.
Para caminar solo hace falta poner un pie delante del otro en cada paso.
Lord Byron