Charlotte y yo conversamos alrededor de una hora. Cuando nos fuimos, ella me acompañó hasta el estacionamiento para asegurarse de que todo estaba en orden.
Conduciendo de vuelta a Libertaria veía obsesivamente por el retrovisor.
Por fortuna nadie me seguía. Quien quiera que lo hubiera hecho antes había decidido dejarme en paz.
«O tal vez fue una advertencia».
Dios. Quizás lo mejor sería limitarme al maldito reportaje de las becas, como lo había pedido Octavio, e ignorar el olor a chamusquina