El invierno londinense cedió su trono a una primavera tímida y lluviosa, y con el cambio de estación, el solar donde una vez se alzó el Edificio Aurora comenzó a latir con un nuevo ritmo. No era el estruendo de la demolición controlada, que había sido un funeral rápido y eficiente, ni el bullicio de una obra megalómana. Era un pulso constante, metódico, lleno de una intención que trascendía la mera construcción. La Fundación Aurora ya no era un conjunto de bocetos en el estudio de Lion, sino un