El sonido en el canal de audio era el aullido de un alma siendo desgarrada por una frecuencia pura. No había palabras, solo el jadeo entrecortado y cada vez más débil de Samuel, ahogado por el tono agudo que parecía taladrar el cerebro incluso a través de los altavoces de Londres. En las pantallas, sus signos vitales transmitidos por el biosensor se desplomaban: frecuencia cardíaca en picado, ondas cerebrales aplanándose hacia un patrón de disfunción catastrófica.
—¡Corten el audio! —rugió Gabr