Un año había pasado desde el silencio forzado de Olivia. Un año desde que el veneno de la mentira y la presión externa habían intentado ahogar la música naciente de la Fundación Aurora. Pero en lugar de sucumbir, la institución había crecido, madurado, sus raíces tecnológicas y comunitarias tan profundas y entrelazadas que ya eran indistinguibles. El edificio no era solo un contenedor de arte; era un organismo vivo, un ecosistema en perfecto equilibrio, un testimonio silencioso de que se podía