El regreso a Londres no fue una victoria. Fue un retorno a un mundo que, en su ignorancia, seguía girando con normalidad ensordecedora. No había titulares sobre una guerra silenciosa en el espectro acústico, ni reportajes sobre el colapso de una montaña en los Urales. Solo un breve artículo en la sección de ciencia de una agencia menor sobre un «evento geológico inusual» y rumores en foros de radioaficionados sobre interferencias extrañas que habían cesado.
Para la Fundación Aurora, el silencio