El silencio en los Urales se rompió en el octavo día. No fue con una nueva frecuencia de prueba, sino con un espectáculo de fuerza bruta. Cinco cohetes de carga comercial modificados despegaron del cosmódromo privado en Kazajistán en una secuencia perfecta, trazando arcos de fuego contra el cielo del amanecer. No hubo fanfarria, ni anuncios. Solo el rugido sordo de los motores captado por satélites espía y por astrónomos aficionados que luego se preguntarían por el lanzamiento fantasma.
La cons